Quise no mirar hacia adentro, darme la vuelta y irme por donde había llegado minutos antes. Aunque frente a mis ojos había un semblante luminoso, a mi solo se me antojó una inmensa oscuridad. Dirigí mi mirada al vacío, allí donde no encontrar nada, donde no toparme con ese cruce de miradas y empecé solo a escuchar ecos retumbando en aquellas paredes, como si yo solo formara parte del mobiliario, como si me hubiera colado en una fiesta de disfraces a la que no había sido invitada. En un momento volví a la realidad, y miré a mi alrededor, si, era verdad, yo estaba ahí, en ese momento y en ese lugar, ya no tenía tiempo para pensar pero… ¿como llegué hasta allí?
Entonces miré hacia atrás y mis huellas casi no se veían, se habían borrado completamente, esas caras ya no me eran familiares, esas caras ya no me provocaban cariño, esos rostros que vi en la habitación eran extraños y desconocidos… ¿desconocidos? Y mientras me repetía eso: -¡Desconocidos, desconocidos!-, intentaba reconocerme a mi misma pronunciando esa palabra: ¡DESCONOCIDOS!
De golpe me encontré en mi cuerpo como si me hubiera caído de una altura de doce pisos, ¿que había sucedido en esos cinco minutos eternos en los que yo había estado ensimismada? ¿Cinco minutos? ¡No!! ¡Han sido años lo que han pasado!! Todos esos años ahora bailaban ante mi como un desfile de carnaval: Allí estaban mi nariz de payaso, escenas del sofá, sonrisas a medias, te quieros a desgana, malos despertares, desesperadas esperas… ¡Cuánto fue lo que dejé en aquella habitación! Grandes charcos de vómitos de angustias y tristezas indigestos que mi organismo devolvió allí, en aquel momento y en aquel lugar, entre esos rostros que ya no conozco.