Entró por la puerta con los ojos morados y bañados en lágrimas. Desolada, cabizbaja y con el corazón en mil pedazos.
Sola! Sola! -Se lamentaba mientras cruzaba la puerta tragando saliva para poder articular palabra. No he podido con la tristeza y me he saltado las formalidades. Se que debía ser fuerte pero no he podido. He dejado atrás el mostrador y le he pedido calma. ¿Calma? ¡Que absurda me siento! Como podía pedirle serenidad con la cruz que carga en sus hombros. No estaba en mis manos lo que ella me pedía pero lo he intentado, quizá podría haber hecho más. No se.
Mientras cruzábamos el pasillo, me seguía a un paso por detrás, con lentitud, recostándose en las paredes. Y me imaginé la soledad de su casa, cerrando la ventana para no respirar el olor a sobremesa y no absorber esa esencia que solo nombra al recuerdo… Me la imaginé en esa habitación desierta, con el sonido de la televisión, sentada en el sofá, mirando hacia el otro lado, hacia el rincón vacío que solo le induce a la ausencia, en su casa, al abrir la nevera, al cocinar para dos… en su corazón. Sintiéndose frágil y anciana entre esas cuatro paredes y nadie que venga a socorrerla. En el abandono.
Al marcharse me ha regalado una sonrisa, de esas que te calan hasta el fondo, y me ha recompensado con un beso acompañando a un… ¡¡Para que tengas suerte… se que la vas a tener!! Se marchó igual que vino, con los ojos adormecidos, cojeando y entre suspiros.
Ella hoy me ha enseñado. Ha despertado en mí el gigante que lleva tiempo dormido. Se que estoy perdiendo el tiempo en este lugar, porque he sentido unas ganas horribles de salir corriendo detrás de ella.