Me hago un vestido con tó lo que he perdido, y ya tiene sentido sonreír.
Exprimiendo mi alma y sin saber explicar lo que encuentro, porque ni yo misma lo entiendo, o tal vez si lo entienda pero no sea capaz de creer ni pronunciar palabra sobre la belleza con la que tropiezo... Todas esas cositas que se sienten persistentemente mientras notas la vida a tu paso, aquello que se hace tan recóndito y tan tuyo que es improbable que se pueda distinguir entre la rutina, ya que se resguardan a los malos tiempos, y se van manifestando en cada signo, en cada mirada tropezada, en cada expresión, en cada movimiento...
Tan hondo y tan mío como el que me pueda sentir totalmente auténtica, notando que me escuchan y me cuidan, que estoy acompañada en cada paso, sobretodo cuando viajo por caminos sombríos y pedregosos, y que no solo me escoltan cuando la trayectoria es equivocada si no que, se convierten en una barricada que me frena ante el despeñadero.
Preparados para llevar la cruz, que soy yo, aun cuando ni yo misma me soporto, y con mucho aguante logran sacarme de las malas rachas y digerirlas junto a mi hasta que por fin, se retira la tronada. Se arman de valor y respiran hondo para aguantar mis penas, martirios, amarguras y dramatismos para cuando me he mudado a ser un fastidio inaguantable, regresando a estar cansada de la vida, convirtiéndose en una madriguera para mí, en la que temporalmente me resguardo, lloro a moco tendido, me consuelo y me esperanzo, intentando construir de nuevo el rompecabezas cuando doy con los añicos del puzzle de una vida que a veces me parece injusta. Cómplices de mis sueños y deseos, propósitos y proyectos, que ingenian cien mil disfraces y caricaturas para que nunca pierda la sonrisa... y vuelva a despertar de un mal sueño más para mi lista.


