Confesándole a mi almohada que nadie me hace llorar...
Llegó la noche, como otras tantas que quedaron por detrás. Me quedo conmigo a solas dando rienda a mi imaginación, pero indudablemente, voy retorciendo pensamientos en mi cabeza hasta no poder exprimirlos más, sin sacar de ellos apenas jugo ya. Entre las sábanas, que mil veces se han empapado con el llanto, ya no quedan restos de sal de aquellas lágrimas. Postrado en mi cama, todo aquéllo que convierte en ruinas lo que me sonríe en la vida, la desolación, la tristeza y la angustia... dueñas de mi, en un intento desesperado por resurgir de nuevo ante mí, toman vida y se muestran fuertes y sin piedad. Han comenzado la batalla entre la fortuna y el desconsuelo , ésa que libro cada noche, quedando cansada de luchar, derrotada de nuevo esta noche, me abrazo al Dios de los sueños, mientras se encierran otra vez en el cajón de los lamentos, airosos y sonrientes, con la victoria bajo el brazo. ¿Dormirán alguna vez esos fantasmas? ¿Dejaran de despertarme de madrugada para acecharme? ¿Librará alguién la batalla por mi algún día? ¿Los ahuyentarán para que no quieran venir a verme nunca más en la vida? Sólo quiero pasear cogida del brazo de un sueño, de tan sólo una ilusión, y descubrir por primera vez, que de algo sirvió tanto esfuerzo, que de algo sirvió el olvido, que de algo sirvió lo que se quedó en un suspiro. Cien años ya no cambiarán lo vivido y otra vida no merecerá más latidos porque ya no son de nadie y se han quedado sin dueño...

