Un tatuaje con nombre de padre.
Como cada mañana cojo el tren, con la misma costumbre, nunca falla mi asiento, siempre está libre para mi, han sido pocas las ocasiones que lo encontré ocupado. Casi siempre me tropiezo c
on la misma gente, nunca nos fallamos, es como si tuvieramos una cita pendiente cada día. Observo una a una las caras de los que me acompañan en el viaje, cada uno en sus pensamientos, cada uno en su historia. Algunos tienen cara de tranquilidad, otros como yo, de despiste, otros están en el mejor de sus sueños o quizá simplemente inmersos en un bonito recuerdo, y me veo en cada cara, en cada mirada, como si ellos fueran yo, y yo... ellos, todos unidos por el mismo momento. Se abren la puertas en cada parada, van bajándose uno a uno, y con ellos se quedan atrás sus vidas, que es la mía, en cada estación de tren, dejan de existir en ese momento... Poco a poco, empiezo a encerrarme en mi sueño, un sueño profundo que me transporta en el tiempo y hace que vuelva a la niñez que tanto anhelo y que tanto he echado de menos todos los días de mi vida, y que estoy pagando con el transcurso de los años y con el precio de la rutina.
Estoy a punto de despertar cuando oigo una voz de fondo que dice... "próxima parada...." siempre despierto segundos antes, es como si alguién a mi lado sin estar presente me lo estuviera chivando, me diera un golpecito en la pierna para que abriera los ojos; alguién que me deja dormir justo hasta ese momento, aprovenchando hasta el último suspiro de mi sueño... y así día tras día, siempre está presente, la persona que hace que despierte y vuelva a la realidad, y la que me acompaña de la mano de cada sueño... esa luz que me protege y que hace que la vida sea más vida, esa persona que no estando está en mí muy presente, que es como un tatuaje impregnado en mi piel, y recorre toda la sangre de mis venas.

